Le llamaban Charlín
cuando era chiquitín,
balbuceaba sin fin.
Le llamaron Charlón
cuando se hizo mayor,
hablaba sin ton ni son.
Ahora le llaman “El charlas”
porque de todo opina,
de todo habla
y llega a darte la tabarra.

No tiene ninguna vergüenza:
todo lo juzga,
todo lo cuenta
y daño hace con” su jerga”.
El Charlas se ha visto aislado,
sólo, triste y asustado.
Se le ve muy cabizbajo.
Hoy, ha aprendido la lección.
Le falta tener compasión,
y de tolerancia, “un camión”.